Julio Escoto
Una amiga poeta le desagradó mi artículo de la semana anterior, aquel que concluía prometiendo un monumento de estiércol negro para los golpistas que enjugaran su honor suicidándose, tema que sin duda arrugó su tranquila ánima de paz. Pero es que igual tiene uno derecho a exaltarse cuando se origina daño a la patria, daño que día a día incrementa y hace cuantioso, una indignación que impulsa al grito, al puño cerrado, la ira y el exabrupto.Empero, y en homenaje a la sensibilidad de damas y suaves espíritus, me retracto en público: corrijo aquella fea imagen y bañaré al monumento citado con paletadas de cal para que luzca blanco.
Desde otro ángulo formal, se ocupa ser insensible para ignorar los gravísimos perjuicios que la infausta decisión de un golpe de Estado acarrea a la República. Además de posicionarnos mundialmente como nación de atraso cívico, prácticamente tribal, y de poner en contra nuestra a todos los países de la tierra, la renuencia a posibilitar acuerdos y arreglos mina a diario y bestialmente nuestra economía, al grado de preverse niveles bajo cero de crecimiento al concluir el año fiscal, carencias y retrasos de inversión en el presente e inmediato futuro, disminución acelerada de reservas estatales, aumento del desempleo y éxodo de empresas localmente asentadas, asustadas por la inestabilidad jurídica y la social. Y de esto, excepto siendo hipócrita, no puede culparse a las fuerzas contestatarias que reclaman en las calles la vuelta a la normalidad democrática sino a quienes interrumpieron un proceso que –poco importa si álgido,
inestable y débil– bien que iba contribuyendo a convertir al hondureño en cómodo ciudadano de paz.
El esquema fue desde inicios erróneamente concebido y pésimamente ejecutado, con filo de espadón y no de estilete. Jamás aconsejaré a los golpistas pero debe reconocerse que ignoran desde el vientre materno cómo otros entes conspiradores resolvieron sus coyunturas políticas sin generar escándalo ni resistencia: los Borgia silenciosamente envenenaban, en las novelas de Kafka la ley oficial enreda tanto que nadie puede avanzar ni casi actuar; en México el PRI enseñó tan bien a deslizarse entre podredumbres sin hacer olas ni salpicar a nadie que se volvió maestro; las mafias mandan a avisar y el aviso es suficiente para enmendar lo conflictivo. Excepto que esos profesionales de maldad piensan con el cerebro antes que con el colon, meditan y programan pasos, calculan y operan gélidamente. Aquí no, aquí se erigió líder a un progreseño machetero, burócrata empedernido a quien despreció el elector y cuyos modos cívicos tuvieron escuela en las groserías inhumanas practicadas por las bananeras, modelo en la forma de actuar de comandantes de plaza y cabos cantonales, espejo en el modo en que los conductores de buses (mal) tratan al viajero, con las patas que no con los pies. Fue un segundo y grave error (el principal fue concebir la insubordinación).
Pero hay más y es la triste incapacidad golpista para oportunas lecturas históricas. Tras 50 días de heroica resistencia que no amaina, la lógica para prevenir desgastes sería transar. Si lo que efectivamente se deseó en principio fue detener a la cuarta urna y la convocatoria de una constituyente, Zelaya ya lo aceptó y por ende regresaría atado para escasamente concluir de gobernar (OEA, EUA y Arias bien que lo han amarrado). No se reprimiría a las masas, no se ensuciaría a las fuerzas policiales y armadas –que pagarán la factura, no los políticos–, se evitarían desprestigio y derramamiento de sangre, además de cierto sedimento que se cocina turbio al corazón hondureño en rebeldía y que es un prejuicio étnico contra lo árabe, palestino o libanés. Si el propósito, opuestamente, fue apoderarse o secuestrar al Estado para exprimirle beneficios y privilegios, mejor sigan aguantando, matando inocentes, vergueando y latigando mujeres, que eso jamás se aceptará, permitirá ni perdonará, no man, no way.
Corrijan y retráctense, renuncien, les queda medio minuto de historia para, si no enmendar, lo menos atemperar el error.
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